martes, 7 de enero de 2014

LO QUE EL TIEMPO BORRO

En nuestras sociedades existen seres humanos marcados en su trayectoria de vida para terminar al final de su existencia de manera extraña, es lo que muchos tipifican como destino y otros como cosa de la casualidad.

Ella era de estatura baja, la delgadez de su cuerpo iba en armonía con su tamaño, su pelo lacio y alborotado medio cubría su hombro, de ojos vivaz, una fija sonrisa se acentuaban en sus labios, de caminar ágil y ligero, su falda larga que cubrían sus piernas hasta sus tobillos, bien ceñida a su cintura y abundante telas plisada caían en forma de acordeón; el movimiento ligero de sus brazos hacían armonía con sus piernas al caminar.

El, siempre vestido con ropa de trabajo, de un kaki difuso por la mezcla de sol, sudor y mancha de la vegetación del campo, un sombrero gastado por el tiempo, donde su borde se delineaban por encima de su fina, revolteada y lacia cabellera; un macuto que siempre le acompañaba descansaba sobre su hombro izquierdo, lo que hacía que su hombro se inclinara sobre la parte derecha de su torso, sus ojos hundidos pero de mirada humilde, hacían juego con su saliente quijada, lo que revelaba a lo lejos la ausencia de sus dientes, pero no impedía que se expresara de forma correcta, así como entablar una conversación en el idioma ingles o el creol.

Ellos, tenían una relación donde la libertad expresa de su compromiso no los obligaba a cumplir con las normas de un acuerdo nupcial cónsono al tiempo y el espacio donde habitaban, Ella ayudaba a su cuñada en los quehaceres domésticos durante todo el día, El trabajaba en el cuidado de la siembra del marido de su hermana, dormían en una habitación, donde bien temprano se levantaban para asistir al mismo espacio, a la misma distancia y a la misma rutina.

De esa relación nació el único hijo, el que vino a ser como los primeros rayitos del sol que suavemente tocan la piel de su rostro para indicarle que el día va a ser radiante y propicio para elevar la esperanza de cualquier hombre de campo que con ansia espera que su siembra emerja con energía de la esperanzadora tierra.

Una mañana de primavera se le vio muy alegre con una falda larga y ancha, una blusa blanca y unos zapatos bajitos de color negro, con su pelo bien peinado, fue la primera vez en tantos años que vestía sin su rutinaria ropa, sin prisa ni apuro al desplazarse, parecía que la libertad había tocado su corazón. Ese día entro a mi casa me pellizco la cara con sus dos manos como si quisiera dejarme un recuerdo que luego de algunos años pude entender; la observe cuando ligeramente abandonaba mi casa, con su movimiento de brazos y piernas, se alejaba para jamás volver a verla.

Para El, su ausencia se llevo parte del aliciente que alimentaba su espíritu, sus ojos ya no podían observarla cuando delante se desplazaba en las noches iluminadas por la luz de la luna, rumbo al espacio que compartían para relajar sus cuerpos cansado de la faena diaria, además, para compartir ese tesoro que juntos crearon, y al que le daba la razón de vivir y compartir. Ella se desvaneció en su espacio sin un por que, sin una razón y sin un motivo que pudiera aliviar las interrogantes de su partida, y dejar lo que juntos lograron concebir; su dolor se hizo menos severo, gracias a ese fruto que le daba la razón de seguir existiendo.

Ese niño fue la fuente de su inspiración, la razón de esforzarse en trabajar más, era su sueño, en cada conversación su hijo primaba, sus ojos se llenaban de luz tan solo pronunciar su nombre, no había espacio en su mente para otra cosa.

El niño ya un jovencito le propuso que debía proyectar su talento para progresar, tenia que partir para buscar nuevos horizontes que le den la base para una mejor vida, y la capital era la mejor fuente de progreso; El, con dolor en su alma estaba convencido de la propuesta, era difícil verlo partir, pero debía crecer y progresar, era el mejor camino, el lugar donde se encontraba no era propicio para ser un hombre prospero, sin tierra para trabajar y sin recursos.

Esa mañana un sudor por debajo de su piel recorrió su cuerpo, su corazón acelerado cerraban sus cuerdas vocales, era difícil pronunciar palabras, pero un abrazo con dos lagrimas recorrieron sus mejillas para posarse en el hombro del hijo que debía partir, lagrimas que simbolizaban parte de su alma, la que acompañarían como un ángel protector a ese vástago que se lanzó a la aventura por una supuesta nueva esperanza.

El confiaba en la decisión de su hijo, a todos le hablaba de las imaginarias proezas de este en Santo Domingo para subsistir, era tanta la ilusión creada que contaba historias semejantes a novelas sacadas de la televisión; su alma, su espíritu y su vida era ese hijo que con tanto amor y dedicación alimentó, educó y formó. Toda su energía estaba vertida en el, su madre partió y se desvaneció en el tiempo y el espacio, una noticia no llego ni para anunciar si había muerto.

Al parecer las letras de la canción “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos” fue sacada para El, las noticias sobre el hijo se sustentaban en historia inventadas en su mente, El jamás pudo hacerse la idea de que aquel fruto de su sangre pudo dejarlo, sin una nota, sin un mensaje y ni siquiera un rumor. Hablaba como si lo tuviera presente, ese amor paterno jamás pudo ser sustituido por nada, alguna razón había para no volver al pueblo, eso pareciera no mortificarlo, su mente podía volar al lugar donde se encontraba y tocarlo, sentir su lacia cabellera entre sus manos, tocar su rostro, sentir su voz y el calor de su cuerpo estrechado en su regazo.

Su cuerpo doblegado por el tiempo se durmió en un largo sueño, partiendo con la imagen de aquel día donde vio alejarse lo que fue la realidad de su vida, aquel día le acompaño a lo largo de esos años, igual que la partida de su compañera, que de la misma forma vivió de sus recuerdos. Nadie en el pueblo supo si alguna vez al hijo llego la noticia de la muerte de su padre o la de su madre.

Los familiares solo recuerdan la figura de aquel hijo que una vez partió en busca de mejor futuro, y la despedida del padre la mañana aquella cuando su mano se agitaba dando el adiós que nunca tuvo regreso.

El tiempo avanzo lentamente, y a través de los años alguien de la familia cercana tocaba el recuerdo de ese nombre, sin saber donde vivía, que hacía, si estaba vivo; fue aquel que el tiempo convirtió en el nombre de un personaje de una obra rutinaria, personaje que pasa por tu memoria igual que el párrafo al que no le das importancia.

Tal vez en algunas personas de la generación de ese hijo queden difusas imágenes compartidas en charlas, juegos escenas de infancia, nadie del pueblo archivó algunas cosas de su vida; su imagen y su vivencia se perdieron para la familia y la gente de su pueblo, solo logro insertarse en la memoria de aquel padre, que fijo su rostro para siempre aquella lóbrega mañana donde sus ojos vieron por ultima vez.


La madre y el hijo partieron de la misma forma, parece que alguna vez hicieron un pacto para dejar sumido en solo recuerdos y esperanzas, la ilusión de aquel padre y compañero, donde su imaginación se quedo esperando la llegada de aquellos que con tanto empeño y amor dedico todo su sueño y su vida.

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