miércoles, 25 de julio de 2018

COOPERATIVA DESDE LA PERSPECTIVA DE UN OBRERO


Hay múltiples definiciones para una cooperativa, la básica la identifica como el origen de una
organización para resolver situaciones que se originan dentro de la vida cotidiana de sus creadores, el ahorro; para acumular fondos dentro de grupos de trabajadores con sueldos deprimidos es casi imposible.

Ahorrar para conseguir la consecución de un producto dentro del plan de un cabeza de familia es una norma cultural que se ha creado en el entorno familiar popular, así nació el “San”,  fundamento que ha venido tímidamente a controlar las cooperativas. Las que realmente pueden cumplir con su rol cuando su base se estimula dentro de los niveles de ingresos y limites solventes de sus asociados.

Las cooperativas deben crecer proporcionalmente dentro del límite de ingresos de quienes las fundaron, ya que estos son los dueños fundadores y reales, quienes poco a poco pudieran ir escalando niveles de organización e inversión de sus ingresos familiares, donde la educación, la planificación y el control de endeudamiento es fundamental y es tarea de la organización ir orientando y educando sobre el particular.

“Las Cooperativas son empresas”, se escucha repetidamente de boca de los nuevos dirigentes, este fundamento es el que ha venido a distorsionar la base estructural de muchas cooperativas, ya que las empresas se proyectan como instituciones para conseguir beneficios, beneficios que en su mayor proporción terminan en las manos de quienes hacen de las políticas de estas un negocio personal, ya que culturalmente sus niveles de gastos y gustos son diferentes a los que por necesidad fundamentan estas organizaciones.

Las cooperativas tienen sus fundamentos, como lo tienen los sectores bancarios, las empresas de servicios, etc. Cuando hablamos y orientamos estas bases como empresas cooperativas, estamos desvirtuando su rol, de organización para oriental sobre la base del ahorro y el consumo de sus asociados.

Cuando un grupo de empleados forman una cooperativa para crear fondos y conjuntamente suplir necesidades dentro de su entorno familiar, están objetivamente cumpliendo con este principio. En el trayecto empiezan a reorientar su fundamento en aumentar los niveles de ganancias, sin darse cuenta están socavando la estabilidad familiar de la mayoría de sus fundadores, aquellos que sus niveles de ingresos se limitan a la proporción original de su creación, es ahí cuando el chantaje del consumo inicia su creatividad, las políticas de préstamos y servicios empiezan a cambiar, ofertar mas prestamos, aumentar los controles, lo que conlleva a aumentar la presión.

Cuando empezamos a tratar las cooperativas como “empresas”, empezamos a ver a los asociados como clientes, las nuevas ofertas abren el apetito de consumo, reduciendo así sus niveles de ingresos para suplir las necesidades diarias en sus hogares. Muchos socios fundadores empiezan a dejar la cooperativa, al no poder cumplir con la presión de las nuevas políticas de préstamos y servicios.-

viernes, 6 de julio de 2018

Un país de pedigüeños

Por: El Día
Redaccion@eldia.com.do
Durante muchos años para el dominicano era una humillación pedir. Incluso se llegaba a pasar hambre con tal de no someterse a eso que se consideraba una humillación.
De las generaciones de antaño hay quienes aun queriendo algo decían que no, si les preguntaban, pues asumían que quien preguntaba era porque no quería dar.
Cada vez esa costumbre queda más en el pasado. Pide el mendigo, pide el joven en una esquina o en un colmadón, pide la mujer que muestra sus encantos, pide la haitiana que carga niños alquilados, pide el empresario cuando de beneficios de gran cuantía se trata, pide el político para financiar sus actividades o engrosar sus cuentas, pide el policía que está para cuidar a la ciudadanía.
La actividad de pedir va desde la simple limosna hasta favores que enriquecen.
Esta sociedad ha parido a los “pica pica” y a las “chapeadoras”.
Muchos dominicanos han hecho del pedir un estilo de vida, lo cual augura un futuro sin desarrollo ni progreso personal ni social.
Lógicamente, de esta crítica se excluyen los que piden para servir, que por lo regular son personas que jamás pedirían para sí mismas.
Pedir no da satisfacción y mucho menos genera riqueza.

Tampoco alimenta el intelecto, aunque para muchos el pedir se convierte en un ejercicio de la inventiva.
Hay quienes al pedir son muy simpáticos, te hacen sonreír, pero también los hay que piden con exigencias.
El pedir hasta pone en peligro la seguridad ciudadana, pues el policía que está para “prevención” se descuida, con tal de pedir para la cena o el desayuno.
Se pide en la diplomacia, por eso algunos Estados pueden ser calificados de “pedigüeños”.

El pedir, por supuesto, es más noble que robar o engañar, pero es un acto que va deteriorando la dignidad.
La legión de quienes piden, en harapos o con Cartier en la muñeca, va en aumento, e incluso se obliga a que se asuma el “dar” como política pública.
Los ‘negritos del batey’ se propagan y el trabajo cada vez encuentra más enemigos.